
Es increíble la presión que nos metemos nosotros/as mismos/as simplificando procesos complejos de nuestras vidas con frases a veces muy dolorosas.
El consejo que te voy a dar con todo este artículo es que: intentes escucharte internamente (qué te dices, cómo te hablas), le pongas freno con firmeza a esa voz interna cuando se pase de la raya (aunque pienses que hablarte así de mal puedas hacerlo «por tu bien») y que gracias a eso surge lo que sí te hace productivo/a y feliz.
Pero como tanto tu firmeza para cortar por lo sano como tu confianza en el consejo van a depender de lo claro que tengas el por qué te lo recomiendo, veamos qué nos pasa cuando lo ignoramos.
Meterte presión interna (y a veces con frases muy desagradables) es aburridamente fácil y frecuente (de hecho, lo es porque responde a una lógica).
Es tan simple como estar un viernes a las 11h de una semana en la que tenías ganas de dejar algo resuelto que aún no has hecho (por ejemplo: desabonarte de un servicio) y ya está. Ya se dan las condiciones necesarias para poder querer usar un mal lenguaje contigo mismo/a, agredirte verbalmente por la frustración y que aparezca de la nada en tu cabeza alguna frase como «Merluzo/a, estamos a viernes y aún no has dado de baja el maldito servicio».
Por cierto, ejem… tener «algo hecho antes del viernes» es una expectativa (que genera frustración) no un objetivo, pero eso ya lo hablamos otro día.
La auto-presión (yo diría auto-agresión) además, puede ir desde suave hasta ser de lo más radical. En mi experiencia, lo normal incluso es que escale con el tiempo cuanto más tolerante seas con ella. Si hoy me llamo «merluzo» sin frenarme, mañana será «imbécil», pasado «gilipollas» y cuando la cosa sea grave grave correré fácilmente a machacarme con frases más y más dañinas.
La primera vez que que le presté atención seria a este tema recuerdo que fue tomando un café con una amiga de la universidad a penas unos años después de que acabásemos ambos la carrera. Yo ya estaba empezando mi andadura en solitario y ella estaba en un recorrido parecido pero con unos años de ventaja sobre mí y algo quemada por varios motivos.
A mí me encantan esos cafés de (re)encuentro e inspiración que hacemos los/as emprendedores/as cuando quedamos porque a parte de hablar de ideas, tecnologías y la vida, nos contamos (cuando congeniamos) muchísimos detalles y vivencias de la trastienda de nuestro camino emprendedor. Y lo que más me gusta (cuando congeniamos) es que lo hacemos en confianza, con autenticidad y sin postureo. Algo raro en la «industria» porque quién más y quién menos está obligado/a a vender, tentado a aparentar y la autenticidad no es tan fácil de encontrar.
En ese café mi amiga C (pongamos), me contaba como después de esa valentía personal, de dejar el trabajo escuchándose, de ponerse a formarse e intentar su negocio con todas las tensiones del mundo y luchando más que nunca por hacerlo salir adelante tuvo un accidente serio de bicicleta yendo a una reunión, notó todo el dolor (de lo que luego sabría que era una rotura de clavícula) y lo primero que hizo es decirse: «¿pero cómo puedes ser tan imbécil?»
Ella misma me contó como ese momento a posteriori le hizo reflexionar sobre cómo se estaba tratando y lo que siguieron fueron varias horas de café con filosofadas obviamente.
Tampoco quiero que te vayas con la idea de que mi caso o en el caso ideal es orientarse a que esas frases desaparezcan de tu cabeza. Los pensamientos fugaces que transitan nuestra cabeza no los controlamos. Esas frases van a aparecer y no podemos hacer nada por controlarlo.
Por lo que las únicas acciones que nos quedan son reactivas. Es decir: decidir como reaccionamos a ellas. Por cierto: eso es una referencia a más de un/a psicólogo/a que sigo, el mérito no es mío.
Yo sigo haciéndolo y de hecho la frase que me animó a escribirte hoy de esto es la de que «llevo 2 meses buscando trabajo», que no puede ser una simplificación más falsa pero duele igual si la dejas libre. Aunque si tuviese que escoger una némesis, la que más me ha martirizado siendo emprendedor es la de «es solo una llamada» cuando me tocaba llamar a clientes por seguimiento, a polígonos, hacer propuestas por primera vez o casi cualquier contacto con posibilidad de negocio en juego.
Es taaan evidente que cualquier llamada no es solo una llamada. Y sin embargo la he usado para culpabilizarme taaanto. Cualquiera sabe que si llamas a un cliente, aunque te diga «OK a todo» en 1 minuto, hacer la llamada es lo de menos. Lo que consume neuronas y esfuerzo es o lo de antes (preparación, decisiones, información, …), o el durante (energía mental para reaccionar en vivo, estar ágil, estar presente, …) o lo de después (apuntar lo necesario, cumplir lo acordado, tramitar las acciones, …).
O sea que una llamada casi por definición no es nunca «solo una llamada» porque literalmente las llamadas se hacen para comunicarse, determinar que dirección toma el futuro (A, B, C…. ¿F?) y eso abre nuevas acciones.
Pero nada te impide machacarte cuando se acerca el fin de semana, querer presionarte para quitarte esa tensión de encima y decirte ese (ahora ya visto con otros ojos) «Merluzo/a, estamos a viernes y aún no has hecho (ni esa simple llamada).»
La mejor parte de contradecir a esas auto-agresiones y mimarte es que estás trabajando tu confianza en ti mismo/a y eso vale oro.
No quiero meterme en berenjenales, pero ten en cuenta que la economía moderna (capitalista) necesita devaluar periódicamente cierto trabajo porque necesita externalizar lo malo.
La secuencia funciona un poco así: yo gano más dinero si hago menos de lo que no da dinero y más de lo que si. Como me gasto el día haciendo fotocopias y soy el jefe me auto-engaño afirmando que hacer fotocopias va a ser de bajo valor. Pero como se que son necesarias se las doy a mi secretaria (que le lleva exactamente el mismo tiempo que a mí o incluso menos si es mejor que yo). Pero como hago dinero externalizando no quiero reconocer que le lleve tiempo en ello (aunque le pida las fotocopias) y lo que hago es quejarme de que «el resto de cosas principales se retrasan». O sea le pido las fotocopias porque son necesarias y la penalizo porque el resto no avanza. En otras palabras, he metido una persona de por medio a la que quejarme y externalizar mi frustración cuando no solo no es culpa de mi secretaria que las fotocopias lleven tiempo, sino que ella ES MEJOR QUE YO. Pero al meter de por medio una persona y distancia pues es más cómodo echarle la culpa e intentar que gaste su tiempo libre o haga lo que sea pero que me quite el problema porque a los folios o la fotocopiadora no puedo quejarme.
Pues bien, esas dinámicas también las copiamos a nivel interno. Así que ahora imagínate que tú eres ambas personas: el/la jefe/a y el/la secretario/a.
¿¿Por qué narices te harías eso??
La respuesta rápida: por la presión por el beneficio a toda costa que te empuja a hacer burradas así (cuando ya no te queda alternativa ni ideas de cómo reducir el tiempo de las fotocopias).
Pero para no meternos en más berenjenales económicos, como mínimo observa la frustración que te genera la diferencia entre lo que quieres (el beneficio, la tarea hecha, un proyecto que sale adelante) versus lo que crees que pasará («si me paso el día haciendo fotocopias el beneficio no cuadrará») y los comportamientos que propicia esa presión (presionar a otra persona, culpar a otra persona, e incluso que esa persona seas tú mismo/a).
Por eso, volviendo al tema de la auto-confianza, no existe mejor auto-liderazgo que confiar en tu criterio de cada día. Y para mí el liderazgo de los demás debe empezar por liderarnos bien a nosotros/as mismos/as. Por eso en vez de la frase de «Merluzo/a, estamos a viernes y aún no has (hecho ni esa simple llamada)», la respuesta lógica habitual que te recomiendo que pienses y que a mí desde luego me funciona a las mil maravillas es «Si no lo he hecho es porque he estado haciendo siempre cosas más importantes. Siempre justo y exactamente lo que necesitaba».
Que conste que a veces revisarás el día y dirás «ui, a las 11h entré en una dinámica de intercambio de emails con Manolo porque me piqué y es verdad que ahí perdí el foco y nananá…» pero no lo haces desde la «exigencia», la crítica ni «gritándote» (a ti, y «tu secretario/a» interior). Sino desde la mejora continua.
Cuando observas eso, en vez de llamarte «merluzo/a» (ataque gratuito que no aporta nada), adoptas una dinámica propositiva como preguntarte que podrías haber hecho mejor. De ahí salen ideas como «a partir de ahora voy a apuntar los correos emocionalmente peligrosos en la lista de tareas con un mínimo de retraso de respuesta en 2h en vez de responder inmediatamente porque el mero paso del tiempo enfría cosas y así gano muchos días 2, 4 o 6h de la mañana que respondiendo pierdo seguro».
Concluyendo
La auto-agresión gratuita y auto-presión con frases así que nos pasan la cabeza no son nunca buenas para nosotros/as.
La productividad es la consecución de tus objetivos y para ello cuenta tanto lo bien que vives hoy como a dónde llegas mañana. Por lo que la idea de que «sacrificar» el hoy (o auto-insultarse) como medio para llegar a algo mejor (mañana) suele ser una estrategia muy perdedora. Al fin y al cabo «todos los mañana serán también hoy algún día» y tienes una excusa constante para estarte tratando mal si aceptas eso como válido.
Confiar en nosotros/as mismos/as es más difícil y deja un sabor más amargo porque tenemos que masticar realidades incómodas. Como que gritándole a tu secretario/a interior no va más rápido y que la frustración la tienes en que las fotocopias llevan tiempo pongas como te pongas.
Lo bueno es que una vez masticada esa realidad incómoda nacen las ideas que realmente aportan y en vez de pasar el tiempo reponiéndote de un insulto o quejándote (que sí: gasta tiempo) pues estás ya en parte de la solución.
Así que si vuelves a oírte una frase de esas interior, aunque parezca un hecho consumado, mi consejo es que te pares. Que reconozcas que has escuchado algo con lo que tu yo consciente no está de acuerdo, se lo hagas saber pensando una frase de respuesta «Ni merluzo/a, ni frases histéricas. Confianza, paciencia y respeto o ni me hables.» y que cuando ya esté esa agresión desactivada puedas proceder a ayudar «¿Qué me está presionando internamente tanto que me podría llevar hasta el punto de llamarme merluzo/a?»
Y voilà. Habrá empezado una nueva era de resultados.
¿Qué opinas?


