
Hoy toca dosis de noticias comunitarias porque estoy muy cerca de lanzar un nuevo concepto en el que llevo trabajando meses (si no años).
Pero antes de que te cuente lo que va a cambiar, déjame que te cuente el por qué cambia.
En el origen de todo esto se encuentra que cuanta más productividad aprendo, enseño e implemento, más preguntas se hace uno y, con ellas, llegan evoluciones.
En este caso concreto, esas evoluciones me han llevado a reformular por completo mi propósito personal. El por qué me levanto por las mañanas, por qué sigo viniendo a crear contenidos aquí y lo que me gustaría aportarte a ti y al mundo con todo lo que vengo a compartir.
Siempre he girado en torno al propósito de intentar hacerte la vida más fácil, más productiva y más agradable. Pero últimamente me causaba casi algún rechazo las versiones que tenía escritas de mi objetivo (misión, visión o como le llames).
A parte, se han cruzado en mi camino un par de libros de Simon Sinek, Adam Grant y Michael A. Singer (entre otras/os) y el cóctel de ideas ha acabado anmándome a replantearme la idea de qué significa “ayudar a terceras personas” y hacerlo de un modo más sano y soltando control.
Me explico. Por una parte, me encanta ayudar a otras personas. Me encanta formar, me encanta enseñar, me encanta acompañar, dar consultorías o auditar y… dios mío. Con las mentorías he encontrado mi auténtica vocación.
Pero ayudar tiene que tener también un límite. Un límite sano y razonable porque cuando pasas esa fina línea (a veces incluso bastante difusa y fácil de cruzar), ayudar deja de ser algo sano para pasarse a un lado oscuro bastante turbio.
Una cosa es ayudar y otra forzar la ayuda.
Una cosa es saber cómo hacer mejor un proceso con productividad y otra muy dar a entender a X persona que lo que está haciendo está mal.
Una cosa es ofrecer un producto para que la gente viva más feliz y otra promocionar que sin el último móvil o pintalabios eres menos (de lo que podrías ser, o lo que sea).
Entenderás entonces lo repugnante que me resultan algunas técnicas de marketing que me proponen supuestos/as expertos/as en esto y lo fácil que me ha resultado dar un paso adelante, para dar otro para atrás cuando no era ni capaz de poner esto por escrito pero notaba que algo no encajaba conmigo.
Mucho de lo que “es la norma” hoy en día simplemente no tiene sentido para mí (y no quiero ni ir por ahí).
O entenderás el respeto que puedo tenerle en una mentoría a no franquear líneas muy finas.
Así que no me resulta fácil crecer ni puedo probar ilimitado. Porque hay cosas con las que tener cuidado “innovando”.
Además, no es solo que yo no quiera franquearlas. Es que el mundo en estos momentos, al menos a corto plazo, te presiona para que seas lo que quieren. Y a mí me han hecho peticiones en estos últimos años que me han forzado literalmente a afinar mis principios o morir en el intento.
Me refiero a personas dándome un poder insano sobre su negocio o vida. Con preguntas como: Iago, ¿qué hago en esta situación personal? Iago, ¿qué objetivo debería tener mi empresa entonces?
Aprovechando el ejemplo: no lo hagas nunca (no le preguntes a nadie eso). Qué hacer con tu vida no es algo que deba decidir/aconsejarte un «experto» nunca. Pero si lo preguntas, alguno te responderá. Y normalmente te responderá justo el que menos sabe o menos ética tiene, con potenciales destrozos bastante grandes para ti. Pero no es raro que cuando uno se siente flojito o perdido, saque preguntas de este tipo a paseo.
Así que me muevo en esa línea. Pero digamos más bien que esa línea, es una de las fronteras de mi franja de libertad. Por un lado, me limita el miedo lógico a ser ético, hacer las cosas bien y ayudar sin engañar mientras descubro un oficio nuevo (porque sí, consultor en productividad resulta que es algo mucho más innovador de lo que pensaba, y no en el buen sentido, sino en el malo de que «está todo por inventar»).
Pero, por el otro lado, está también el de la oportunidad de crecimiento, de aportarle algo nuevo al mundo. Y, si vamos a explotar el deber de ser correcto, también quiero visibilizar el deber de que mi voz suene más fuerte que la de algún manta sectario o vendehumos. Porque yo sí quiero que la gente buena se tropiece con mis consejos en un momento de estar flojito en vez de con un manipulador que le pueda destrozar un tema profesional o personal.
Y ahí es donde me prendió la llama.
Porque en el fondo no me da igual si un profesional cualificado, con aspiraciones e ideas que aportar al mundo están en un lugar que le hunde, le pone un techo de vidrio y lo amarga o consigue llegar a su entorno ideal de trabajo y vida.
En el fondo no me da igual si las compañías que exprimen los recursos de nuestros ríos, montes, mares y pozos petrolíferos tienen un ejército de gente zombi «apechugando porque tienen que comer» o no tienen literalmente a nadie que les ayude a hacer esas barbaridades.
Porque a mí no me da igual si cada persona trabaja en algo que detesta, creando empresas productos y servicios diseñados para el engaño que ellos mismos no consumirían y que venden con una pinza en sus narices, mirando para otro lado y no queriendo hacer ni un minuto más de la cuenta. O, si por el contrario, se desviven por compartir lo que hacen, sus jefes les tienen que recordar que se vayan a sus casas pasado el horario y disfrutan más allá del trabajo hablando de su empresa como si fuese casi su familia.
No me da igual, leñe. Que no.
A las empresas que hacen mierda (me disculpen lo que viene, pero es necesario) que les den.
A esas que yo llamo el «ejército del mal» que meten personas en cubículos y se ciegan por unos euros sin entender el ecosistema de personas, medioambiente, vidas de familiares directos e indirectos que impactan y los exprimen como numeritos en un Excel: que les den.
Y pienso seguir levantándome cada mañana porque puede que no deba «forzarle a nadie a aprender más productividad», pero desde luego voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que cada persona a la que pueda a ayudar a ser un poquito más feliz, un poquito más independiente, un poquito más autónoma y un poquito más capaz para decidir qué quiere hacer, cómo quiere hacerlo y desde dónde, encuentre mi ayuda.
Yo quiero que mi formación esté ahí.
Yo quiero que mi artículo esté ahí.
Yo quiero que cuando su jefe le diga a Manolo «Ahora vas a encargarte también de lo de Paco que lo despedimos porque tiene 55 y vamos a subir las autopistas un 20% porque nos da igual quién las transite y sus historias, pero finanzas dice que es el óptimo», encuentre opciones para mandarlo a paseo y punto. Uno menos restando. Y uno más viviendo.
Y si yo puedo contribuir, aunque sea a sembrar la opción de que otra forma de vivir es posible, yo quiero que lo que hago esté ahí.
Y por supuesto, si puedo ayudar a que Mª Trini, que tiene una empresa que hace el bien, que cuida de sus trabajadores, que se preocupa por sus clientes y que lo que le falta son unas pinceladas de ingeniería, psicología, administración de negocios, para conseguir esa productividad que necesita para prosperar, quiero que mi contenido esté ahí.
No tengo ni idea de cómo hacer muchísimas de las cosas que me presenta este propósito cada día. De cómo comunicar sin ser spam superando el ruido de las redes sociales.
No tengo ni idea de cómo saltarme que el capitalismo me obliga a obtener euros y me premie por vender cursos aunque que no se hagan, cuando yo en realidad estaría contento de la vida con alumnas/os que hiciesen mis formaciones aunque no me las pagasen.
No tengo ni idea de cosas técnicas que me superan a diario de plataformas, regulación, RGPDs o mil acrónimos.
Pero lo que sí tengo seguro es que me merece inmensamente la pena pasarme una vida intentando esto. Y digo bien intentando: porque si por causas de la vida tengo que ponerlo en pausa, me arruino en el camino o lo intento de una forma que no prospera, no pasa nada. Recojo cable, me estabilizo y lo volveré a intentar.
Pero llámame loco. He descubierto que soy más feliz fracasando en esto, que triunfando por ejemplo haciendo PowerPoint y Excel de lujo para bancos y consultoras con 24 años en París. Que alguna utilidad tenía, sí… pero… yo es que solo tengo una vida, chico. Y es la que hay y me la quiero gastar en esto.
Creo sinceramente que en la cama con 90 (si llego) estaré feliz pensando: «¿Sabes de que no me arrepentiré nunca? De haberme dejado intentarlo».
Y por eso la misión que tengo ahora, mi misión, es la de «darle opciones a las personas para que puedan trabajar cómo, dónde y en lo que les haga felices».
Y mi visión es que el mundo está mejor con cada persona que trabaja cómo, dónde y en lo que le hace feliz. Porque todos (la sociedad entera) nos beneficiamos cuando la gente está feliz y haciendo lo que quiere.
No necesito grandes cambios. No necesito trabajar con grandes marcas. No pretendo trabajar para el ego (de hecho, me esfuerzo cada día por mantenerlo a raya). Pero para mí esto tiene sentido.
Dame un poquito de oxígeno si me equivoco por el camino, pruebo cosas en sucio o no veo a veces lo evidente (que como digo, sé lo que quiero, pero admito que no tengo ni idea de cómo se consigue).
Y que sepas que aquí hay hueco para quién quiera. Así que desde darme feedback, apoyar esto, compartirlo o incluso colaborar sin tapujos en formas que yo ni siquiera conozco, la puerta está abierta a quien quiera contribuir. Y gracias ya por el apoyo de estar leyéndote esto.
Pero sí… creo que la breve explicación que tenía en mente se ha visto arrollada por más o menos la misma energía que me dio el día que escribí esta misión. Pero esto es lo gordo principalmente.
Y, en la próxima, por coherencia, te comentaré el siguiente cambio que sale de aplicar lo que ahora tengo claro.
¡Cuídate! Y graciñas por hacer esto posible 😊



2 comentarios
Hola Iago:
Me recordaste una escena de la película «El ultimo Samurái» con Tom Cruise, donde el Emperador recibe la espada de su asesor muerto en batalla. El Emperador le pregunta: «Como murió?» y Cruise responde: » Mejor le digo…como vivió «.
Espero que tengas todo el éxito del mundo, en tu búsqueda de como ayudar a los demás, en concordancia a tus valores morales.
Un saludo desde Mty. México
Me acuerdo de esa peli 😀 .
Y me parece una muy buena premisa.
Un saludo, Humberto, y gracias por tu comentario!